¿Sientes que todo lo que cargás pesa igual,
aunque sepas que no debería?
Hay personas que dejaron de distinguir qué es realmente urgente y qué solo lo parece. Cargan cada responsabilidad con el mismo miedo, sin mirar hacia adelante — solo cuidando no perder el equilibrio.
El problema nunca fue cargar demasiado. Fue dejar de distinguir qué pesaba de verdad. Este cuento de 3 minutos no habla solo de un malabarista.
El malabarista de la cuerda floja
Para procesos personales, sesiones de coaching y espacios de acompañamiento · 3 min · Con preguntas al final
Había una vez un malabarista que trabajaba sobre una cuerda muy alta.
Llevaba siete bolas en el aire. Algunas eran de cristal, decía él. Otras eran de cuero.
Las de cristal no podían tocar el suelo. Si caían, se rompían. Las de cuero, en cambio, podían caer, rebotar y volver a sus manos.
Al principio sabía distinguirlas bien. Sentía el peso distinto de cada una, el brillo distinto bajo la luz. Sabía cuáles necesitaban verdadero cuidado y cuáles no.
Pero con el tiempo, entre la altura, el miedo y la costumbre de no detenerse nunca, dejó de distinguirlas.
Todas empezaron a pesar igual en sus manos. Todas le dieron miedo por igual.
Entonces comenzó a sostenerlas con la misma tensión. Los brazos en alto. La mandíbula apretada. Los ojos fijos en el punto exacto donde pisaba.
Ni siquiera miraba hacia adelante.
Solo miraba sus propios pies, todo el tiempo, por si la cuerda se movía.
Desde abajo, la gente lo admiraba.
—Qué equilibrio —decían—. Qué entrega.
Nadie sabía que cada noche, al bajar, sus manos temblaban. Nadie veía que dormía con los brazos doloridos de sostener cosas que ya no sabía si merecían tanto cuidado.
Un día, desde abajo, alguien le gritó:
—¿Y si dejás caer una?
El malabarista no contestó.
Siguió caminando. Siguió sosteniendo. Siguió mirando sus pies.
Pero esa noche, ya en el suelo, el cansancio le hizo escuchar algo que venía ignorando desde hacía tiempo.
Hizo algo que no hacía hacía años: puso las siete bolas frente a él, una por una, y las miró con calma.
Recién ahí, con los pies en la tierra y sin el peso en las manos, pudo ver cuáles eran realmente de cristal.
Eran dos.
Las otras cinco las había sostenido con el mismo miedo, pero eran de cuero.
Podían caer. Podían rebotar. Algunas, incluso, parecían pedirle desde hacía tiempo que las soltara.
«Cargué cinco bolas de cuero como si fueran de cristal. Por eso ya no podía mirar hacia adelante.»
Al día siguiente volvió a la cuerda.
Tomó las dos bolas de cristal y las sostuvo con todo el cuidado que merecían.
Las otras cinco las dejó rodar a un costado.
Algunas personas, desde abajo, dejaron de aplaudir.
—Ya no hace tanto —murmuraron.
Pero otras guardaron silencio. Tal vez, por primera vez, no estaban mirando cuántas bolas sostenía, sino cómo caminaba.
El malabarista los escuchó.
Y por primera vez en años caminó la cuerda con los brazos más livianos y la mirada hacia adelante.
No había soltado lo importante.
Solo había dejado de cargar lo que nunca necesitó sostener con tanto miedo.
Y cuando otros malabaristas le preguntaban cómo hacía para no cansarse tanto, él sonreía y respondía:
«No sostengo más.
Aprendí, por fin, cuáles eran realmente de cristal.»
Respóndelas sin prisa.
No buscan respuestas perfectas, sino abrir una conversación contigo.
Convierte «El malabarista de la cuerda floja» en una experiencia de transformación
Una guía práctica para trabajar el cuento en sesión, paso a paso, con preguntas poderosas, ejercicios de integración y acciones concretas para acompañar procesos de sobrecarga, prioridades y control con profundidad, cuidado y sin forzar.
Déjanos tu correo y te avisaremos cuando la guía esté lista.
Las primeras personas inscritas recibirán un precio especial de lanzamiento.
Recibe relatos gratuitos para acompañarte y acompañar
Historias breves con preguntas cuidadosamente seleccionadas para mirar hacia adentro, comprender mejor lo que sientes y abrir conversaciones profundas contigo y con otras personas.
← Volver a los Relatos