Resonancias Humanas
02 SEGUNDO
EPISODIO
14 MIN

Mañana es nunca

Hay cosas que llevas tanto tiempo dejando para mañana que ya no las estás dejando para mañana. Las estás dejando para nunca.

Portada del episodio 02 — Mañana es nunca
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«Algún día» no aparece en ningún calendario.

Mañana empiezo, mañana llamo, mañana me ocupo de eso. Casi siempre hay una razón sensata para esperar, y muchas veces es real: el cansancio, las responsabilidades, lo que hay que atender. El problema aparece cuando «después» se vuelve costumbre y lo que queremos se muda a un día que no existe.

En este episodio hablamos de lo que a veces se esconde detrás de «no tengo tiempo», de la diferencia entre esperar y postergar, y de cómo una fecha puede acercar lo que parecía lejano. Cerramos con una propuesta pequeña: un solo primer movimiento, hoy.

Recorrido

¿Cuántas veces has dicho «mañana»? Mañana empiezo, mañana llamo, mañana me ocupo de eso. Es una palabra suave, casi no pesa, se dice sola. Pero llega mañana y estás cansado. O justo surge un imprevisto, o simplemente piensas: «mejor mañana». Hasta que un día te das cuenta de algo doloroso: hay cosas que llevas tanto tiempo dejando para mañana que ya no las estás dejando para mañana, las estás dejando para nunca.

Y aquí te comparto una frase que me viene acompañando. Por lo menos para mí, esta frase es dura. La frase es: mañana es nunca. Porque me lleva a recordar todas esas cosas que quise hacer, que quise cambiar, que quise comenzar o quise decir, pero siguen esperando. Esperando el momento perfecto, esperando tener tiempo. Y mientras espero, la vida está pasando.

Esto es Resonancias Humanas, el podcast de Meta Humano. Soy Walter Almendares y hoy quiero hablarte de la vida que postergamos, de esas cosas que decimos que vamos a hacer, pero que por alguna razón siempre terminan quedándose para después. Y quiero que hagas algo mientras me escuchas. Piensa en una sola cosa, algo que llevas ya un tiempo dejando para mañana. Mírala un momento, ponle su nombre y tenla aquí cerca mientras conversamos, mientras hablamos. No la sueltes, porque en un momento vamos a volver a ella.

Muchas veces puede ser que llevamos algo pequeño que queremos hacer, o algo que llevamos años pensando. Quizás quieres comenzar un proyecto, quizás quieres cuidar más de ti, quizás necesitas tener una conversación pendiente, o quizás quieres terminar una relación, o comenzar una. Y cada vez que aparece la posibilidad de hacerlo, aparece también una razón para esperar. Y casi siempre llega con una voz muy sensata: cuando tenga tiempo, cuando termine esto, cuando los niños crezcan, cuando esté preparado.

Y lo curioso es que muchas de estas razones son completamente reales. Este es justamente el problema, porque la verdad no siempre estamos inventando excusas. A veces realmente estás cansado, realmente tienes responsabilidades, realmente tienes cosas que atender. Pero poco a poco, y sin darte cuenta, vas normalizando la palabra «después». Y esta palabra, que al principio casi no pesaba, empieza a pesar.

Y acá hay dos palabras que nos ayudan mucho a esperar. La primera: algún día. Algún día voy a viajar, algún día voy a escribir, algún día voy a llamar. Suena muy bien, suena a promesa. Pero te invito a buscar «algún día» en tu calendario. En el calendario hay lunes, hay martes, hay domingos. Sin embargo, «algún día» no aparece. Es un día que no existe, y por eso es tan cómodo, porque ahí podemos guardar lo que queremos sin tener que hacerlo nunca. Como en un cajón: lo abres de vez en cuando, miras lo que hay adentro y lo vuelves a cerrar. Por eso hay personas que llevan años hablando de lo que quieren hacer y nunca comienzan. No porque no quieran, sino porque lo que quieren vive en un día que no está en el calendario. Y la verdad, eso es muy cómodo.

Y aquí aparece algo que puede resultar incómodo. La frase «no tengo tiempo» muchas veces es completamente cierta, pero otras veces está escondiendo algo más profundo. Está escondiendo: tengo miedo. Ese nudo en el estómago, esa voz bajita que pregunta: ¿y si no puedo? Miedo de equivocarnos, miedo del qué dirán, miedo de descubrir que no somos tan buenos como pensábamos. Y algunas veces, incluso miedo de que nos vaya bien. Porque mientras nuestro sueño permanece en nuestra cabeza, es perfecto, brilla. No tiene una sola mancha. Pero cuando comenzamos a hacerlo realidad, por supuesto que empiezan a aparecer los errores, las dudas, la incertidumbre. Y entonces resulta mucho más cómodo seguir diciendo: algún día.

Imagina por un momento que estás frente a una puerta, una puerta de madera. Por debajo se cuela una línea de luz. Y si te quedas en silencio, casi puedes escuchar lo que hay del otro lado. Detrás está eso que elegiste hace un momento: tu proyecto, tu conversación, tu cambio. Sabes que quieres entrar, pero cada vez que acercas la mano a la puerta y sientes el metal frío de la manija, te dices: mañana. Y escuchas tus propios pasos alejándose. Pasa una semana, pasa un mes, a veces años. Y cada vez sigues repitiendo: mañana. Hasta que un día, casi sin pensarlo, empujas esta puerta. Apenas un poco, y cede. Sin un solo ruido. Y descubres algo: la puerta nunca estuvo cerrada. Porque en el fondo no era la puerta la que te detenía. Eras tú, esperando. Esperando que todo estuviera en orden, esperando que desapareciera el miedo.

Así que me gustaría preguntarte algo. No la respondas rápido. La pregunta es: ¿qué estás esperando? ¿Tiempo? ¿Permiso? ¿Que alguien te acompañe? ¿Sentirte preparado, preparada? Y aquí viene una segunda pregunta: ¿cuánto tiempo más estás dispuesto o dispuesta a esperar? Porque quizás no es que todavía no haya llegado el momento. Quizás llevas demasiado tiempo esperando un momento perfecto que no va a llegar.

Ahora, cuidado. Esperar no siempre es postergar. Se parecen mucho; desde afuera casi no se distinguen. Pero imagina dos personas frente a un mismo terreno. La primera ya sembró. Abrió la tierra, puso la semilla, la regó. Y ahora espera. Porque ninguna semilla brota porque la apures. Esto es esperar. Ya hiciste tu parte. Ahora le toca al tiempo. En cambio, la segunda persona también está frente al terreno. También mira el cielo. Pero todavía tiene las semillas en el bolsillo. «Mañana siembro», dice, y vuelve a casa. Esto es postergar. Tu parte sigue sin hacerse, y le pides al tiempo que la haga por ti. Entonces, acá aparece una pregunta honesta: ¿ya sembré y estoy esperando, o todavía tengo las semillas en el bolsillo? Solo tú conoces la respuesta. Y si todavía las tienes en el bolsillo, hay algo muy sencillo que puedes hacer.

Imagina una persona que quiere escribir un libro. Lleva años diciéndolo: algún día voy a escribir un libro. Lo dice en las cenas, en los cumpleaños. Y cada vez que lo dice, el libro está en el mismo lugar: lejos, en el horizonte. Hasta que una noche dice otra cosa. Dice: el martes, de siete a ocho, voy a escribir. Y fíjate lo que pasa. El martes sí está en el calendario. Y el libro ya no está en el horizonte. Está sobre su mesa. Casi puedes escuchar la silla que se arrastra, la lámpara que se enciende, y ver la hoja en blanco, esperando. El martes a las siete, con el café al lado y el teléfono boca abajo. No significa, por supuesto, que mágicamente va a escribir el libro. Pero algo cambió. El futuro dejó de ser una niebla y comenzó a tener una fecha. Y una fecha puede convertirse en una decisión.

En la PNL, en la Programación Neurolingüística, le prestamos mucha atención a esto. Porque las palabras no solo describen lo que queremos. Con unas las dejamos lejos y borrosas. Con otras se acercan, toman forma y casi las podemos tocar. A veces no necesitamos más motivación. Necesitamos más nitidez. Como cuando giras el lente de una cámara y lo borroso, de pronto, tiene bordes. Decir «quiero estar más saludable» es niebla. Decir «esta semana voy a caminar treinta minutos, tres veces» ya tiene zapatillas, una calle y el aire de la mañana en la cara. Decir «quiero pasar más tiempo con mi familia» es niebla. Decir «este domingo reservo la tarde para estar con ellos» ya tiene una mesa puesta y sus voces alrededor. Cambia el lenguaje y cambia algo más: la relación que tenemos con aquello que queremos. Deja de ser solamente una intención y empieza a ser un lugar al que puedes llegar.

No voy a terminar este episodio diciéndote «deja de postergar»; eso ya lo sabes. Tampoco «hazlo todo hoy». No necesitas transformar toda tu vida esta noche o este día. Te propongo algo mucho más pequeño. Vuelve a eso que elegiste al comienzo. Una sola cosa, y pregúntate: ¿cuál es el primer movimiento que puedo hacer el día de hoy? No terminar, no resolver, solo comenzar. Poner una semilla en la tierra, solo una. Un mensaje que por fin se envía, un teléfono que empieza a sonar del otro lado. Una primera línea torcida sobre la página blanca. De treinta minutos.

Reid Hoffman, el cofundador de LinkedIn, lo dice así: si tu primera versión no te da vergüenza, la lanzaste tarde. Por lo menos a mí me gusta esta idea. Porque significa que el primer paso no tiene que salir perfecto. Solo tiene que salir. Así que ponle fecha, día y hora. Porque a veces pensamos que necesitamos una gran transformación, cuando lo que necesitamos es dejar de negociar con nosotros mismos.

Y vuelvo a aquella frase: mañana es nunca. ¿Has visto ese letrero que hay en algunas tiendas? «Hoy no se fía, mañana sí.» Vuelves al día siguiente y el letrero sigue diciendo lo mismo: mañana sí. Así funciona mañana: nunca llegas. Porque cada vez que despiertas es hoy. Y mañana se movió un día más adelante. Y si elegimos mañana una y otra vez, pasa algo muy silencioso y doloroso. Tan silencioso como el polvo que se posa sobre las cosas que no usamos. Aquello que queríamos hacer, aquello que queríamos vivir, aquello que queríamos decir, se convierte en algo que nunca hicimos.

Así que te dejo una última pregunta: ¿qué parte de tu vida está cansada de esperar? Quédate un momento con esta pregunta, escucha lo que responde. No tienes que cambiarlo todo, solo hacer ese primer movimiento antes de que termine este día. Es decir, hoy. Porque recuerda: mañana es nunca.

Antes de despedirme, quiero dejarte algo. Hace un tiempo escribí una historia. Se llama El barco que esperaba sentirse listo. Es la historia de un barco que lo tenía todo para zarpar. Velas nuevas, motor revisado, mapas ordenados. Y que cada mañana miraba al mar y se decía: todavía no. Hasta que una tarde, un viejo pescador se sentó frente a él a remendar una red. Y le dijo algo que el barco llevaba años evitando escuchar. No me gustaría contarte qué, porque me encantaría que te empapes de todo el contexto de esta historia, que se lee en cuatro minutos. La encuentras en meta-humano.com. Te lo vuelvo a decir: meta-humano.com, en la sección Recursos, Relatos que Transforman. Quizás, al leerla, te reconozcas en ese barco.

Y si mientras escuchabas pensaste en alguien que lleva un tiempo diciendo «mañana», envíale este episodio. Hoy. Esto fue Resonancias Humanas, el podcast de Meta Humano. Soy Walter Almendares. Gracias por compartir este momento conmigo. Nos encontramos en el siguiente episodio. Hasta entonces, que estés muy bien.

“El primer paso no tiene que salir perfecto. Solo tiene que salir.”
MIN 11:01
EP. 02
Walter
Sobre el host

Walter acompaña procesos de cambio desde hace diez años. Resonancias Humanas es su cuaderno en voz alta.

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